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LA OPORTUNIDAD DE MIRAR A LA MUERTE DE FRENTE
Reflexiones y palabras de un “ateo axiológico” para algunos amigos con cáncer.

Por Federico Durán Soto


Como algunos de mis amigos sabrán, llevo cerca de 10 años paseando por las carreteras de Colombia en moto. Cerca de completar los 100.000 kilómetros recorridos, (dos veces y media la circunferencia del planeta), no serían pocas las anécdotas por contar.

Pero si bien, las anécdotas son breves y alegres historias que se cuentan en una sala con amigos o familiares, distan mucho de ser solo diversión para el protagonista, puesto que vivirlas implica serios riesgos, que aunque son calculados, pueden ser definitivos y a veces mortales.

Situaciones extremas como cuando en mi primer viaje a Cúcuta me apareció un camión por mi carril en la bajada a Pamplona y me dejo en el suelo a milímetros del abismo; o como cuando a 100km/h se me atravesara un canino despistado, en mi primer viaje hacia la costa caribe. Dos situaciones de muerte inminente que marcaron no solo mi actitud frente a los múltiples viajes que emprendería en los años siguientes, sino que reafirmaron todo mi pensamiento y estructura mental frente a la vida.

Ser un “no-creyente” no es una actitud caprichosa o de simple rebeldía, ni mucho menos una decisión afanada para llevar la contraria en fecha y lugar determinado del calendario existencial. En mi caso personal es un estado mental al que llegué cuando decidí incluir en mi vida argumentos como las catástrofes naturales, las hambrunas, el problema del mal, el de las revelaciones inconsistentes, el del rechazo a los conceptos infalsables o el argumento de la ausencia de evidencia empírica que atañe a las deidades.

Fue un viaje reflexivo por muchos años en el que se logra conectar, en conciencia y razón plena, algunos cabos sueltos de la existencia, desde la magnitud del universo y su incomprensibilidad, hasta las eternas preguntas de quién soy, donde estoy y porque estoy. Y digo algunos cabos sueltos porque son muchos los que siempre quedarán a la deriva. Y qué bueno que esto sea así, porque de otra forma la filosofía carecería de sentido.

Preguntas profundas que no todos atienden ni a todos interesan, si bien, porque nos demanda un esfuerzo intelectual,  o porque no hay tiempo, o porque estamos criando, o porque leer desgasta o porque la religión me lo suple, o simplemente porque no nos interesa complicarnos la vida cuando la cotidianidad nos recibe cada mañana con el pago de nómina de los empleados, obligaciones bancarias, facturas por servicios o impuestos por cumplir.

Me identifico bastante con aquellos que practican los deportes extremos, pues como motero apasionado puedo entender la transacción que estos personajes hacen con la vida. Puedo inferir con facilidad el sentimiento de un escalador al llegar a la cima de su montaña, la de un corredor al cruzar su meta de triatlón, o la de un paracaidista cuando sus zapatos rozan el césped en su suave aterrizaje. Es algo parecido a la adrenalina que segrego cuando comienzo a sentir el aroma del mar caribe tras 16 horas de absoluta concentración en carretera, pues la moto es inclemente al mínimo descuido. Un pequeño error se paga en una silla de ruedas, en una clínica en estado vegetal con factura para la familia, o simplemente con la propia vida. No hay segunda oportunidad.

Es lo que llamo los riesgos escogidos y cada vez que planifico un viaje, no tengo alternativa diferente: “Me toca mirar a la muerte de frente”, si fuese de otra forma, me iría en avión, o mejor, me quedaría en casa descansando. No hay opción ni medias tintas. Es todo o nada.

De haber sido creyente me hubiese preguntado: ¿Por qué Dios puso ese camión en mi camino? o quizás ¿Por qué Dios permitió que dicho perro se me cruzara a tal velocidad? o mejor ¿quizás debería agradecer a Dios quien me dio la maniobrabilidad para salir sano y salvo de tal emergencia? Muchos son los cuestionamientos, pero entonces, si esto fue así, ¿porque mejor Dios en su omnipotencia no me evitó tales riesgos desde un principio?
Son preguntas sencillas donde la razón se pone en la ruleta. Y ese es un estado que no me gusta porque que no me da respuestas, y si me las da, son superfluas y contradictorias, se anulan a sí mismas y esto me resulta por decir lo menos, insultante.

En el título de este escrito me he autodefinido jocosamente como un "ateo axiológico". Pero no se preocupen por ir al diccionario para revisar y contextualizar el término. En palabras sencillas es un simple mortal que favorece al hombre como la fuente absoluta de la ética y los valores, que busca resolver sus problemas morales y existenciales sin recurrir a seres sobrenaturales. Es un concepto sencillo y practico que da contorno a lo que creo que soy, o al menos, a lo que quiero ser, porque si ahondamos en el asunto nadie sabe con certeza quién es.

Los moteros responsables no oímos música con audífonos porque debemos estar despiertos y atentos por todos los flancos, y cuando estamos por horas en interminables rectas solitarias nos van llegando en caravana profundas reflexiones al volante. Es un tiempo precioso para estar a solas consigo mismo, para transformar los kilómetros en una comunión espiritual entre el paisaje cambiante y el verdadero “yo interior” que pocas veces asoma. Ese mismo que cuando aparece, emerge con altanería y embiste como un bravío toro de lidia recién empujado al ruedo.  
  
Dichas reflexiones intimas en la ruta me han llevado personalmente a concluir que la vida se parece mucho a los viajes en moto. Nunca concluyen porque cuando llegas a tu destino inicial, tendrás que devolverte. Y pasado un tiempo vuelves a arreglar maletas para pronto tener que retornar de nuevo. ¿No es acaso de eso, de lo que se trata el paso por la vida? ¿Un acelerar permanente entre el ahorita y el más tarde? ¿En dónde cada destino trae consigo sus días soleados y tormentosos?  ¿En dónde cada meta conlleva sus propios obstáculos y dificultades? ¿Qué factores entran entonces en juego para calificar un viaje como exitoso?

Para ser honesto, no creo que un milagro haya sido el factor que me salvara de tales situaciones, porque a mi humilde entender no somos más que un mero resultado de la aleatoriedad, desde la concepción y el acto de nacer hasta la despedida en el lecho de muerte. Podemos influir y modificar nuestro destino, pero aun así, es la aleatoriedad la que siempre tendrá la última palabra. Y es a ella a la que me quiero referir, ese “sin respuesta” que llega a tanta gente buena, trastornando de tajo no solo su serenidad existencial, sino la de toda su familia.

Por supuesto, hablo del “cáncer”, ese desorden celular que a usted o a mi nos podrían detectar mañana faltando un cuarto para las nueve. Se requiere apenas de segundos para que la vida se nos ponga de cabeza. Para que todo lo que creíamos importante se desvanezca de un soplido. Para que todo lo que dábamos por sentado y cotidiano, de repente se convierta en lo único que somos y lo único que tenemos: “una fugaz brizna de tiempo y espacio para compartir con los seres que amamos”.

Es natural que algunas personas ante esta noticia experimenten lo que los entendidos llaman la pérdida de la fe. Y no lo dudo, nada más desesperanzador que convencerse de que Dios les ha dado la espalda y dejado a la deriva. ¿Por qué a mí? ¿Qué hice para merecer esto? ¿Por qué no atiende mis plegarias? ¿Por qué en su omnipotencia no decide sanarme?

Lo cierto es que en la fe en la que fuimos educados, tampoco existen las respuestas. Solo existen un sinnúmero de conceptos teológicos confusos que se enredan a sí mismos. Una fe extraviada en historias antiguas y remotas, dispersa entre relatos y narraciones concebidas para las civilizaciones que nos precedieron, pero obsoletas e insuficientes para dar respuesta contundente a la inexorabilidad de la muerte en el mundo contemporáneo. 

Mirar a la muerte de frente nos obliga a replantearnos de forma dramática nuestro entendimiento de la finitud y la intrascendencia. Nos enseña que las preguntas filosóficas no sobran, que no están como simples elementos decorativos, que debemos reparar en ellas y meditar al respecto. Las respuestas no son fáciles, pero no por esto, debemos entonces evadirlas o simplemente maquillarlas con respuestas que no dicen nada. Tarde o temprano todos tenemos que confrontarlas, así sea en las últimas horas… ¡vendrán por lo suyo!

Mirar a la muerte de frente, nos enseña que no hay un éxtasis de felicidad constante, que nadie vive en una perpetua paz interior y que nadie experimenta un grito infinito de gozo, porque los humanos somos tan solo humanos, expuestos no solo al sufrimiento emocional sino al deterioro físico.
A minutos del último suspiro, son muy pocos los que tienen tiempo para reparar en paraísos o en vida celestial. Nuestro único consuelo en la despedida final, es estar acompañados y ser tocados por las manos cálidas de todos aquellos en quienes dejamos huella, sea como amigos o como hermanos, como abuelos o como nietos, como hijos o como padres.

Mirar a la muerte de frente es una oportunidad para liberarnos de ataduras y prejuicios, porque cuando el cronómetro se nos enciende, no hay tiempo para más especulaciones. El peso de la realidad nos cae en la cabeza como un yunque recordándonos que los minutos están contados.

Es ahí cuando entendemos que la vida no tiene un propósito intrínseco por si misma, sino que su significado lo vamos tejiendo a través de continuos esfuerzos para beneficio de aquellos quienes nos importan y de aquellos a quienes importamos.

Es una oportunidad para dejar de sufrir por todo aquello que no se justifique y concentrarnos en priorizar nuestros mejores afectos, desenterrando los olvidados y cosechando los establecidos. Es una invitación para apreciar todo aquello que nos perdemos y que nos resulta invisible. Lo que algún poeta llamara “las diminutas dichas”, que acumuladas día a día mejorarán nuestro ánimo y nuestra existencia.

La única respuesta posible vendrá desde nuestro interior. El “yo” que cuestiona, que pregunta, que investiga, que compara, que medita y que decide por sí mismo.  Si algo se puede hacer con la fe es replanteársela, no como una experiencia divina y mística, sino como una llama interior capaz de sanarnos porque habita nuestro cuerpo, porque purifica nuestro entorno y porque energiza nuestros alientos.

La vida se parece a los viajes en moto, nos traerá camiones en contravía y habrá perros despistados en el camino. Son inevitables porque el mundo es imperfecto. La aleatoriedad de cuando en cuando nos deja grandes obstáculos en el camino, pero muy a menudo ella misma nos provee de los recursos para esquivarlos.

Los creyentes les dicen milagros, pero yo, como buen "ateo axiológico" prefiero llamarle “un proceso aleatorio”. La diferencia con los milagros es que no hay evidencia de que existan. Por el contrario, la aleatoriedad si existe y es real.

¿Quieres evidencia? Fácil. Mírate en un espejo.  

A mis buenos amigos con cáncer, mucho ánimo.    

Fede.

 


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