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fernando

INGENUIDAD
Bogotá mayo 15 de 2.017

Por Fernando Durán Camacho

03-03-17. De pronto una voz inesperada me llega desde atrás de la espalda ¿Contemplando las palomitas?... Pues sí, respondo yo. Es que ahí, en el estacionamiento, había seis palomas urbanas picoteando el pan que alguien les dejó. Prosigue un conversatorio, surgen preguntas, vienen respuestas, informaciones y comentarios sin haberse solicitado.

Era sargento de la policía y lo habían asignado para vigilar, y si posible cazar, a un delincuente de los muchos que había en la zona, con premio en efectivo para quién cumpliera este cometido.

A tiempo que señalaba con el dedo un apartamento en el cuarto o quinto piso de un edificio, atravesando la calle, explicaba que allí estaban las cámaras activadas para recoger información, identidad y prueba incriminatoria del atropello.-

Con voz reposada y como sin darle importancia comenzó a preguntar cuanto tiempo llevaba en el barrio, si vivía en el sitio, si era jubilado, y entre otras, cual era mi profesión. –Y yo contándole que era arquitecto, que ya no trabajaba, que vivía del arriendo de apartamentos que fui dejando a mi nombre mientras los construía, y bla, bla, bla.-

Tendrá cuenta en el banco más cercano, -me dice; claro, le respondo, cuenta de ahorros en Bancolombia, World trade Center.-

Comenta que están en operativo porque han atracado y estafado a varias personas en el lugar y que hay un premio para ellos de diez y veinte millones si consiguen atrapar a los causantes.

Seguro que hace retiros utilizando el cajero automático para facilitar el proceso: - Obvio, es más práctico.- Debe tener una clave para esto, ¿Se acuerda de ella? - Sí.- Y cual és? –Pienso descuidadamente que no hay problema de seguridad, pues con solo este dato, a esta hora y en este sitio, no enfrento peligros ni corro riesgos, y conscientemente entrego los cuatro números.-

Prosigue la conversación sobre la lluvia, el arreglo del estacionamiento, los atracos a los transeúntes, y cosas y casos que van y vienen, mientras las palomas aumentan y dan cuenta del pan entero que les dejaron, sin que mengüe la charla. A esa hora aparece un joven caminando por el andén, hacia nosotros, al que aborda el sargento advirtiéndole que es de la policía y está en un operativo especial, exigiéndole el documento de identificación. Noto que el interpelado le entrega la billetera con la cédula y una tarjeta débito o crédito. Este le da una rápida ojeada y le informa que debe ir la esquina donde están los controladores con los aparatos para verificar la situación de los requeridos. Minutos después regresa, le devuelve la cartera confirmándole que todo está en orden. Anuncia que debe volver al puesto de control y se aleja de nuevo.

El requerido me muestra la cartera, saca del interior varios billetes doblados de $50-000 y me comenta; “Mirá, el sargento ni siquiera se dio cuenta de la plata que tengo en la billetera”. Y seguimos conversando. Regresa el sargento y muy amable me pregunta. ¿ No quiere usted revisar el estado de su cuenta ante la ley, como medida de seguridad? Muéstreme su tarjeta y le averiguo en seguida. -Sin ningún análisis ni precauciones, olvidado de anteriores confidencias, le entrego mi tarjeta para que el señor actúe, y continuamos mi acompañante y yo conversando banalidades. De pronto timbra su celular y responde: sí mi amor, ya voy para allá.- Se despide de mano, dice me están esperando, y parte apresurado. “ Entonces se hace la luz en mi cerebro, percibo mi error garrafal, respiro agitado, corro a la sucursal bancaria más próxima donde me atienden e informan del costo de mi ingenuidad”… Han retirado un millón ochocientos mil pesos.


 


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